Padre. Infancia. Revolución
Gustavo Bellingeri
Es sabido en mi familia que tengo una buena memoria. Tanto que recuerdo con claridad el día que nací.
Si, parece increíble, pero tengo muy presente las cortinas moviéndose por correntadas en los ventanales soleados de un caluroso enero de 1962 en el hospital donde vine al mundo, el Italiano de La Plata. Miraba con curiosidad esos tules blancos que bailaban iluminados por la luz de la mañana. Era curioso, pequeño y liviano. Pese unos miseros 2 kilos 700 gramos. La escena de sol desde las ventanas fue corroborada por mi madre, años después afirmaba que mi relato era cierto, las ventanas y las cortinas estaban allí.
Hablando de mi madre diré: mi segundo recuerdo es el pezón dulzón de ella mientras me alimentaba. Era una fruta jugosa que me atraía con un impulso vital y placentero. Constituido por pequeños racimos de un color más oscuros que el resto de la teta el pezón era el desvelo de las primeras jornadas. Algo que me sustentaba y que yo necesitaba y disfrutaba en esos primeros días
Mi tercer recuerdo es la mano de papá.
Bochi tenía una mano calidad con que me contenía como si fuera un colchoncito hecho para mi pequeñez.
Relataba mamá, que no era más grande que un churrasco en esos primeros días y que Bochi, mi padre, me alzaba riéndose a carcajadas porque era muy pequeño y entraba en una sola de sus manos abiertas.
Recuerdo sus dedos y la palma acolchonada surcados por los hilitos dactilares que se me dibujan en primer plano, mas desgastados en sus yemas, surcados también por cicatrices y remendones, debido a lo que yo aun no sabía, es que eran las manos de un tornero, un trabajador, las manos de un corazón valiente, las manos de un revolucionario. Todo esto que aun no sabía, para ese momento bastaba que me sujetara calentito y cómodo.
Había un ejercicio, el de alzarme al compás de su risa con una de sus manos .Esos encuentros diarios, serían cuando el volvía del trabajo al mediodía a almorzar o antes de la cena, siguieron por bastante tiempo diría yo que hasta los dos años.
Cuando papá me tomo con sus dos manos empezó un juego nuevo. Tomaba mi cintura me lanzaba para el techo y me hacía volar, no sé cómo describir esa maravilla, pero me alejaba de la tierra mirando su cara hacerse pequeña mientras me acercaba al techo para después bajar y que él me atajara en un abrazo. Cuando iba subiendo en el aire miraba un poco para los costados a ver si pasaba un pajarito o una mosca y me veían volar como ellos. Y si, el Bochi me hizo volar como los pájaros y me enseñaba a sentir que lo imposible era posible.
Ya cuando fui creciendo un poco más, teníamos otros juegos muy importantes. La calesita humana tenia dos variantes. En una papá me tomaba de las manos y empezaba a girar despacito y mis pies despegaban del suelo mientras iba aumentando la velocidad y quedaba horizontal girando en el aire cara a cara riéndonos siempre a carcajadas. La otra variante me tomaba de un pie y una mano y giraba, entonces volaba para adelante como un superhéroe.
Para esta época practicábamos también algunos malabares. Un numero muy aplaudido por público familiar era el siguiente: el se acostaba en el piso y me paraba sobres sus rodillas y me tomaba de sus manos entonces papá comenzaba a elevar lentamente las rodillas hasta que mi peso quedaba repartido en mis pies y mis manos, visto desde el costado la figura era un hexágono perfecto y lo anunciábamos como “la tuerca viviente” que inmediatamente daba paso a nuestro cuadro mas logrado y riesgoso donde yo iba pasando todo el peso a las manos y saltaba suavecito desde las rodillas para realizar una vertical apoyado en sus manos. Esta era la famosa y no siempre lograda “L” de los BeLLingeri.
El viejo volvía a la nochecita del trabajo Cenábamos en la galería mágica debajo de la luz de las estrellas en la casa en que vivíamos en 18 entre 51 y 53, ahí donde la ciudad le falta la calle 52, al costado del Ministerio de Salud. El viejo preparaba salame y queso y con mamá se tomaban una imperial helada para acompañar. Después nos rajábamos todos hasta la plaza Moreno, con Claudia, mi hermana, los dos en bicis ; Bochi y Chiqui venían atrás caminando. Papá nos señalaba en la catedral un arbotante, en lo alto, desde donde se había caído un tío, en un accidente fatal durante la construcción.
A mis padres les gustaba la música, alguna vez llego a ver un tocadiscos en la casa, sonaba mucho Serrat cantando “tu nombre me sabe a hierba”. Para la misma época de la música apareció un televisor, blanco y negro querían ver televisada la llegada del hombre a la luna. La llegada humana al satélite lo impactaba. Recuerdo ese día con claridad, nos juntamos en casa con familiares, vecinos y amigo para estar junta como abrazada una especie de rito frente a lo desconocido.
Visto por mí, también era un atleta. Por las mañanas muy temprano entrenaba en el patio galería. Hacia todo tipo de entrenamientos, se había hecho un chaleco con bolsas de nailon una especie de capsula para transpirar, reducir grasa y estar en buen estado decía: “Avanti, bersaglieri,che la victoria e nostra”
Nos mudábamos al parque Pereyra en noviembre, una fiesta esos vernos, nos quedábamos hasta febrero. Papá, Haroldo Logiurato, mamá, Luli, junto a otros compañeros inauguraban la temporada veraniega de “la Luciérnaga” el restaurante del complejo de piletas de AMEMOP, que casi como un milagro era nuestro por unos meses. Vivíamos todos como una sola familia, nos juntábamos con nuestros “primos” Yiya y Fabián Logiurato y Elly la hija de Monzón. Las noches en ese parque fueron maravillosas. Hasta allí, a veces, llegaban durante las noches de los días de semana “los compañeros” con los que charlaban por horas
Vi las manos de mi padre esposadas en la espalda una mañana de noviembre de 1971.
De repente la casa se lleno de hombres armados que ingresaron con violencia e irrumpieron en nuestra vivienda-negocio que en ese entonces estaba en la calle 44 y 23. Una descomunal ocupación de personas de la policía de Lanusse .Lo capturan, se lo llevan.
Hacía tiempo mi padre, junto a muchos y muchas integraba un grupo político que luchaba contra la dictadura, querían que volviera la soberanía popular y la justicia social, se levantara la proscripción a Perón y reinara en la argentina el amor y la igualdad. Tengo la certeza que deje de ser niño justo ese día y en ese momento.
Luego vendrían las visitas al penal de Villa Devoto, las cartas desde el exilio chileno y el retorno en el año 73, la militancia, las lecturas sugeridas a mi curiosidad, la clandestinidad, la persecución y la detención y desaparición en el año 1977.
Ser hijo de un revolucionario me constituyó en quien soy. No hay ni un día de mi vida que no haya pensado en él. Su esfuerzo generoso, su hidalguía, su coraje. Decía el ultimo tiempo: – quizás no veamos la revolución nosotros, pero lo que hagamos hoy servirá para que otras generaciones terminen en el futuro la tarea: una patria justa, libre y soberana sin explotadores ni explotados.
Ser hijo de un revolucionario fue lo más bello que sucedió en mi vida.
¡Gracias siempre Pá y avanti Bersgalieri que la batalla siempre es nuestra!
