Recipientes de chapa de zinc
Juan Aiub
Con una barreta levantaron la tapa, creí que estaría fijada por cemento, bulones o algo así, pero no, la placa de mármol solo se apoya sobre el prisma y su propio peso la mantiene inmóvil. Nada me obligaba a presenciar aquellos movimientos, aun así, decidí indagar ávido como un niño en un museo, preguntando inquieto, intentando que ninguna variable se me escapara. Como el mismo niño cazando mariposas con una red de malla demasiado ancha.
La división del trabajo: tareas duras y tareas científicas. Las primeras las harían los empleados del cementerio, no por ganas, sino por una orden judicial, aunque parecían disfrutar del pequeño protagonismo que les había tocado en suerte. En días de semana de julio, por la mañana, no suele haber allí muchas visitas más que la escarcha. Sin embargo, la noticia poco común de una exhumación había atraído a algunos indiscretos que, distantes, simulaban enjuagar los recipientes de chapa de zinc. La mayoría de las tumbas tenían flores de plástico y de todos modos cambiaban el agua. El vendedor de la entrada estaba en temporada baja, junto a la capilla resistía ofreciendo algunas calas con muchas hojas haciendo volumen.
En mi juventud, en aquel pueblo, yo había aprendido a descifrar lo que se decía a mis espaldas. Los susurros se desplazan, pasan por los cuerpos, se modifican y siguen su camino de boca en boca hasta rodear como un carretel al interpelado al que jamás le serán confesados. Lleva años de práctica interpretar ojos, detalles y silencios hasta por fin decodificarlos. Sabía que condenaban mi decisión: «qué necesidad», «por qué no los deja descansar en paz y se vuelve a la ciudad», «ya bastante tuvieron», «venir a revolver la tierra», «pobres viejos», «tan cristiana ella», «qué necesidad, Dios la perdone». Los imaginé hablando de profanación mientras se persignaban.
Los obreros, el mármol, las palas y la primera capa de tierra formando una colina sobre el pasillo principal. Cuando creyeron estar cerca, dieron lugar a los antropólogos y sus herramientas más pequeñas, supongo que sin excitación: sabían perfectamente que allí encontrarían huesos, no había intriga alguna en su tarea. Mi abuelo llevaba menos de diez años allí. Mi abuela, debajo, quien había inaugurado el sepulcro, más de veinte. Todavía quedaban restos de madera del cajón más joven. Me sorprendió que la tierra estuviera floja y no compacta, quizá como la lluvia no incide directo sobre ella, puede permanecer dispersa como un gran hormiguero. Había que respetar el procedimiento: tomar cuidadosamente y limpiar con pinceles cada uno de los huesos del Masculino A1, ubicarlos en una caja y una vez completado, pasar al Femenino A2. ¿Cómo las pequeñas vértebras pueden soportar tanto peso? Difícilmente yo podría ser antropólogo, pero ese día, en esa escena, tranquilamente hubiera pasado por un miembro más de aquel equipo. Mi vínculo con el entorno parecía tener la misma neutralidad científica que el de ellos. Media tarde: con un bisturí tomaron una pequeña astilla de uno de los fémures de cada esqueleto y también un metacarpo entero, cada muestra en una bolsa con cierre hermético perfectamente identificada. Quizá fueron los metacarpos del anular de cada uno, me gustó imaginar que en ellos portaron las alianzas que había empeñado hacía no mucho. Todo estaba por terminar y yo seguía jugando al cronista distante. Me senté en la tumba vecina que pertenecía a un tal Adolfo, serio y con bigote ancho, me vigilaba desde su retrato oval.
Tomé aire o coraje, pasé el dorso de mis dedos por el cráneo de mi abuelo. El dorso, muy suavemente, como invirtiendo el sentido del terciopelo y su color. Fue el dorso y no la palma, creo que temí cerrar los dedos y arrancar aquello que debía volver a su único lugar posible. Nunca los tomé, solo los acaricié; mis uñas mordidas recuerdan aquella rugosidad. Tampoco hablé con ellos, yo no creía por esos días más que en átomos y vacío. Me detuve en el cuenco de los ojos de mi abuela, los recordé verdes, selva paraguaya. Los recordé como lo más parecido a una mirada de madre que alguna vez tuve a mi alcance. Me incorporé lento, quedaba poco sol, de horizonte a contraluz, un paredón y cruces. Solo restaba recorrer el camino inverso volviendo todo a su lugar: acá no ha pasado nada. Encontré algo de alivio al pensar que aquel par de restos, tras su breve aventura en la superficie, volverían a descansar con menos tierra que los separe, más cerca uno del otro. Al fin y al cabo, aquellos huesos y yo, estábamos solos. De la generación del medio, nada.
